Con la culpa a cuestas. Solo para cumplir. El cumplidor, así me dicen en el barrio. No, mentira: nadie me dice eso. Nadie me dice nada, creo, si en el barrio no hay nadie nunca. Solo Roberto, los fines de semana, pero entre el alambrado que separa los fondos de las casas que habitamos y nuestras respectivas humanidades suele haber no menos de cincuenta metros, una planicie umbría, con el pasto no muy corto, sobre todo de mi lado, donde los mosquitos hacen y deshacen a gusto. También suele venir Flavio, pero se encierra a trabajar en su casa y solo nos comunicamos con la pregunta del ruido de su taladro u otra máquina misteriosa y mi silencio por toda respuesta. Jorge, en cambio, viene poquísimo. Por suerte. Cruzando la calle hay un barrio privado en el que vive mucha gente, asumo, aunque su existencia es discreta y silenciosa. Como si se tratara de un gigantesco hotel alojamiento campestre, solo se ve autos mudos que entran y salen por un portón no menos mu...
Crónica más o menos detallada de mis intentos por volver a hallarme sin haberme perdido nunca.