Ir al contenido principal

Día 35

Tal vez deba ser sincero conmigo y aceptar que no puedo escribir todos los días. Paso demasiadas horas diarias escribiendo y leyendo en este monitor y con este teclado. Es mi trabajo. A veces, al fin de la jornada sencillamente no tengo reservas de energía para crear.
Con eso aclarado (o sincerado, como se usa ahora, con su connotación negativa incluida), quizás el compromiso deba ser escribir seguido, nomás. La otra opción, la de hacerlo todos los días a como dé lugar, termina siendo nefasta para alguien tan crítico, minucioso o, digámoslo, hinchapelotas y quisiquilloso. Escribo cosas para cumplir, y aunque me satisface poder sostener el ritual, me molesta casi todo lo demás, incluso el hecho de tener que escribir para cumplir.
No me gusta cumplir, de hecho. Cualquier compromiso me pesa y busco el área gris en toda reglamentación. Sea: puedo ser confiable y cumplo cuando debo hacerlo, pero no me gusta. Es así a la larga o a la corta.
Es curioso lo que sale al escribir: nunca había pensado en mí en esos términos. No me dejan muy bien parado, al menos ante mí. Admiro a la gente determinada, que es capaz de sostener algo, un proyecto, una conducta, un plan, en el tiempo. Yo no soy de esos. Tal vez sea hora de aceptarlo.
Al mismo tiempo, si lo aceptase se iría todo irremediablemente al cuerno. Si me permitiese fallar con esa sencillez, ¿qué sería de mí?
Supongo que debo seguir luchando conmigo, entonces, sin darme por vencido nunca ni ganarme jamás.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Día 24

Hace ya varios días que tengo ganas de escribir.
Leyendo a cierto escritor —cuyo nombre no mencionaré para no ser tomado por soberbio—, sentí que yo podría redactar algo mejor. Pero no lo hice.
Paseando por blogs de amigos y conocidos que nunca pararon, extrañé aquellos tiempos en los que me sentía parte de algo, de una especie de "comunidad" en la que nos reconocíamos por la manera en que plantábamos las palabras en la pantalla, en la hoja de papel imaginaria, y más o menos nos admirábamos por eso. Y quise retomar ese camino. Pero no me sale.
Como siempre, la primera opción es esta. Tirar algo acá, en este blog remoto, y ver si germina. Ojalá que sí.

Día 21

En algún punto, es natural. Es decir, si me paso el fin de semana entero (y algunos de los días previos) trabajando en este mismo proyecto, escudriñando textos en portugués y corrigiendo la grosera tarea de diseñadores desganados; si la madrugada me encuentra sentado en esta silla, ante este monitor, junto a una exánime taza con restos de café; si me despierto calculando cuántos módulos debería corregir para no atrasarme (o para estar tranquilo o para impresionar a mis jefes o para destruir a mis compañeros abocados a lo mismo, según mis ánimos matinales); si he rescatado al cronómetro que tanto hizo por mí el año pasado; en fin, si todo es así, ¿cómo no voy a estar disperso? Acá estoy, entonces. Tomándome un recreo de mí mismo. Con ganas de cantar a los gritos, de bailar sin que nadie me vea, de saltar en la cama, de leer historietas. Hola, Juan. ¡Qué bueno verte! ¡Qué gusto, che! ¿En qué andás? ¿Qué te trae por acá? ¿Cómo? Pibe, ¡andá a trabajar! Sos corrector, viejo, cómo le das tanta…

Día 6

No voy a excusarme. Sólo diré que esperaba que esto fuera distinto y que, si empiezo tan pronto a incumplir la única premisa que me impuse (tan sencilla como "escribir, no importa qué, mientras sea todos los días"), no sé dónde puede terminar todo.
Ayer hablé con Natacha. Le conté de esta música de ascensores y me dijo, sonriendo mucho, que le parecía una gran idea. Eso me hizo sentir bien y pensar que estoy en el camino correcto. Sí, eso: I'm on the right way. Sólo tengo que disciplinarme. No será fácil (te conozco, Juan), pero lo haré. Sé que sí. Y espero que esto tome vuelo pronto, porque los blogs autobiográficos son lo menos (cuando no se posee una vida memorable).
Mi única certeza que aún me gusta la forma que tengo de enhebrar palabras.