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Día 35

Tal vez deba ser sincero conmigo y aceptar que no puedo escribir todos los días. Paso demasiadas horas diarias escribiendo y leyendo en este monitor y con este teclado. Es mi trabajo. A veces, al fin de la jornada sencillamente no tengo reservas de energía para crear.
Con eso aclarado (o sincerado, como se usa ahora, con su connotación negativa incluida), quizás el compromiso deba ser escribir seguido, nomás. La otra opción, la de hacerlo todos los días a como dé lugar, termina siendo nefasta para alguien tan crítico, minucioso o, digámoslo, hinchapelotas y quisiquilloso. Escribo cosas para cumplir, y aunque me satisface poder sostener el ritual, me molesta casi todo lo demás, incluso el hecho de tener que escribir para cumplir.
No me gusta cumplir, de hecho. Cualquier compromiso me pesa y busco el área gris en toda reglamentación. Sea: puedo ser confiable y cumplo cuando debo hacerlo, pero no me gusta. Es así a la larga o a la corta.
Es curioso lo que sale al escribir: nunca había pensado en mí en esos términos. No me dejan muy bien parado, al menos ante mí. Admiro a la gente determinada, que es capaz de sostener algo, un proyecto, una conducta, un plan, en el tiempo. Yo no soy de esos. Tal vez sea hora de aceptarlo.
Al mismo tiempo, si lo aceptase se iría todo irremediablemente al cuerno. Si me permitiese fallar con esa sencillez, ¿qué sería de mí?
Supongo que debo seguir luchando conmigo, entonces, sin darme por vencido nunca ni ganarme jamás.

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Día 29

Anoche caí en la cuenta de todo el tiempo que pasó sin que escribiera en mis blogs (me refiero, más que nada, a este y a Fotos de Lily; he publicado en el Jardín alguna que otra cosa). No es algo que me afecte, claro: es sabido que están desahuciados. Pero releí cada una de las entradas ¡y me gustaron! ¡Escribía lindo!
Acá estoy, entonces. Tranquilo, sin grandilocuencia ni ideas monumentales, sin propósitos que luego traicionaré. Solo escribo. Porque era lindo hacerlo y, ¡carajo!, porque lo hacía bien.

Y porque aún no me encontré.