jueves, 11 de abril de 2013

Día 30

Treinta días. Los que componen un mes estándar, racionados para durar casi seis años. Soy un miserable.

miércoles, 10 de abril de 2013

Día 29

Anoche caí en la cuenta de todo el tiempo que pasó sin que escribiera en mis blogs (me refiero, más que nada, a este y a Fotos de Lily; he publicado en el Jardín alguna que otra cosa). No es algo que me afecte, claro: es sabido que están desahuciados. Pero releí cada una de las entradas ¡y me gustaron! ¡Escribía lindo!
 
Acá estoy, entonces. Tranquilo, sin grandilocuencia ni ideas monumentales, sin propósitos que luego traicionaré. Solo escribo. Porque era lindo hacerlo y, ¡carajo!, porque lo hacía bien.

Y porque aún no me encontré.

lunes, 23 de agosto de 2010

Día 28

Llamé a Abelardo Castillo. No va a incorporarme a su taller. ¿Y ahora quién podrá enseñarme?

viernes, 23 de julio de 2010

Día 27

Nada cambia.

Pasó un año desde la última vez que anduve por acá. Ahora encuentro polvo sobre los muebles y cartas amontonadas ante la puerta, toco las hojas marrones y resecas de la planta muerta en la maceta con la tierra cuarteada y dura como cemento, miro el exterior a través de un vidrio sucio.

Ahora tengo treinta años y sigo sin poder escribir.

Nada cambia.

viernes, 31 de julio de 2009

Día 26

Lo que siento es raro.
Tras haber publicado un texto de calidad aceptable en el Jardín, creo que todo puede resurgir. La angustia que siento, esta nueva angustia, puede ser la clave. Tendré que estar atento.

miércoles, 17 de junio de 2009

Día 25

Tengo poco trabajo últimamente. Todos mis clientes parecen haberse ido a dormir la siesta y, mientras espero que se despierten y me hagan una devolución de la corrección de los dos primeros capítulos de ese libro o me envíen la línea de tiempo prometida hace tanto ídem, revoleo currículums a diestra y siniestra.

A raíz de mi buena experiencia con la agencia editorial española, se me ocurrió golpear las puertas del Viejo Continente (además, tengo la doble nacionalidad y manejo el español de la Península al dedillo). Pues bien: las respuestas, hasta ahora, no han sido malas. Imagino que nadie habrá tenido que enjugar una lágrima emocionada ante mi correo, pero no me fue mal.

Sin embargo, ninguna respuesta me gustó tanto como esta:

----- Original Message ----- 
From: [xxx] 
To: [xxx] 
Sent: Wednesday, June 17, 2009 5:58 PM
Subject: Re: At. Sr. Director. Ofrecido: corrector.

Distinguido Juan:

Mucho nos place haber recibido su hoja de vida... Lo felicito, es excelente. Pero nosotros no somos editores, somos una empresa de ingenieros de alimentos. Dentro de nuestras labores, editamos nuestra propia revista y distribuimos libros de la editora [xxx], ubicada en Zaragoza, España.
Le deseo muchos éxitos, y siga adelante, como buen guerrero que parece ser.

Atte.
[xxx]

martes, 24 de febrero de 2009

Día 24

Hace ya varios días que tengo ganas de escribir.

Leyendo a cierto escritor —cuyo nombre no mencionaré para no ser tomado por soberbio—, sentí que yo podría redactar algo mejor. Pero no lo hice.

Paseando por blogs de amigos y conocidos que nunca pararon, extrañé aquellos tiempos en los que me sentía parte de algo, de una especie de "comunidad" en la que nos reconocíamos por la manera en que plantábamos las palabras en la pantalla, en la hoja de papel imaginaria, y más o menos nos admirábamos por eso. Y quise retomar ese camino. Pero no me sale.

Como siempre, la primera opción es esta. Tirar algo acá, en este blog remoto, y ver si germina. Ojalá que sí.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Día 23

Estaba de lo más contento, sentado en la mesa del comedor ante la ventana abierta, con el café negro y amargo enfriándose al alcance de mi mano izquierda, Carola afilándose las uñas en el respaldo de la silla y frotándose en mis piernas desnudas, Coltrane y McCoy Tyner haciéndome mover los pies sin darme cuenta y un libro de antropología nuevecito para trabajar en él (El nacimiento de los “intelectuales”. 1880-1900, de Christophe Charle; ¡pídalo en su librería amiga en cuanto entregue las galeras corregidas!).

La editorial que me encargó el trabajo es la única —de aquellas con las que tengo relación, desde ya— que me posibilita trabajar directamente sobre el papel y dejar salir de mi birome roja los arcaicos signos de corrección que aprendí alguna vez en la facultad y que nunca uso (mi preferido, claro, es el deleatur). Eso, sumado a lo que detallé más arriba, me causaba mucho placer.

El capítulo 1 empezaba con la siguiente cita de mi amigo personal Gustave Flaubert (de una carta fechada el 21 de agosto de 1853 y dirigida a Louise Colet): "Sí, sostengo (y para mí esto debe ser un dogma práctico en la vida del artista) que es preciso repartirse en dos partes: vivir como burgués y pensar como semidiós". ¡Qué tipo grosso, Flaubert! Es cierto que él vivía de rentas y se rascaba a cuatro manos, por lo que tenía resuelto lo de la vida burguesa; pero lo de pensar como semidiós se lo ganó solito. Además, no como dios: ¡como semidiós!

En fin, en esas cavilaciones andaba cuando me di cuenta de que es difícil que alcance, no digo ya los dos aspectos, sino al menos uno. Y me amargué. Y esa amargura, paradójicamente, le dio un matiz más interesante a la cita, tanto, que no pude evitar venir y escribir esto.

jueves, 2 de octubre de 2008

Día 22

Corrijo día y noche. Duermo 6 horas, 5, 4. Trabajo en continuado sobre los temas más diversos, desde la sociología de Karl Mannheim hasta la Isla de Pascua. Casi simultáneamente, marco errores con birome roja sobre el papel y con estas teclas sobre el documento de Word; a la vez, reporto issues en el Mantis.

A. se fue de viaje y la casa toda es mi gabinete de corrección, mi camarote silencioso, mi lomo de elefante, mi fortaleza de la soledad.

Corrijo febril y fervorosamente. Soy implacable. Soy incansable. Soy el Kerouac de los correctores.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Día 21

En algún punto, es natural.
Es decir, si me paso el fin de semana entero (y algunos de los días previos) trabajando en este mismo proyecto, escudriñando textos en portugués y corrigiendo la grosera tarea de diseñadores desganados; si la madrugada me encuentra sentado en esta silla, ante este monitor, junto a una exánime taza con restos de café; si me despierto calculando cuántos módulos debería corregir para no atrasarme (o para estar tranquilo o para impresionar a mis jefes o para destruir a mis compañeros abocados a lo mismo, según mis ánimos matinales); si he rescatado al cronómetro que tanto hizo por mí el año pasado; en fin, si todo es así, ¿cómo no voy a estar disperso?
Acá estoy, entonces. Tomándome un recreo de mí mismo. Con ganas de cantar a los gritos, de bailar sin que nadie me vea, de saltar en la cama, de leer historietas.
Hola, Juan. ¡Qué bueno verte! ¡Qué gusto, che! ¿En qué andás? ¿Qué te trae por acá? ¿Cómo? Pibe, ¡andá a trabajar! Sos corrector, viejo, cómo le das tantas vueltas. ¿Te acordás cuando trabajabas en la fábrica? ¿Te acordás que tomabas el tren a Morón ida y vuelta todos los días? ¿Te acordás? ¿Sí? Entonces dejate de joder. Hermano, ¡te pagan por leer! ¡Tenés el mejor trabajo del mundo!
Tengo el mejor trabajo del mundo. Buenas tardes.