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Día 33

Si todo fuera lo que parece, nada sería.

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Entradas populares de este blog

Día 24

Hace ya varios días que tengo ganas de escribir.
Leyendo a cierto escritor —cuyo nombre no mencionaré para no ser tomado por soberbio—, sentí que yo podría redactar algo mejor. Pero no lo hice.
Paseando por blogs de amigos y conocidos que nunca pararon, extrañé aquellos tiempos en los que me sentía parte de algo, de una especie de "comunidad" en la que nos reconocíamos por la manera en que plantábamos las palabras en la pantalla, en la hoja de papel imaginaria, y más o menos nos admirábamos por eso. Y quise retomar ese camino. Pero no me sale.
Como siempre, la primera opción es esta. Tirar algo acá, en este blog remoto, y ver si germina. Ojalá que sí.

Día 34

Con la culpa a cuestas. Solo para cumplir. El cumplidor, así me dicen en el barrio. No, mentira: nadie me dice eso. Nadie me dice nada, creo, si en el barrio no hay nadie nunca. Solo Roberto, los fines de semana, pero entre el alambrado que separa los fondos de las casas que habitamos y nuestras respectivas humanidades suele haber no menos de cincuenta metros, una planicie umbría, con el pasto no muy corto, sobre todo de mi lado, donde los mosquitos hacen y deshacen a gusto. También suele venir Flavio, pero se encierra a trabajar en su casa y solo nos comunicamos con la pregunta del ruido de su taladro u otra máquina misteriosa y mi silencio por toda respuesta. Jorge, en cambio, viene poquísimo. Por suerte. Cruzando la calle hay un barrio privado en el que vive mucha gente, asumo, aunque su existencia es discreta y silenciosa. Como si se tratara de un gigantesco hotel alojamiento campestre, solo se ve autos mudos que entran y salen por un portón no menos mudo. Hay un muro que atravies…

Día 31

La música melódica (no es una opinión personal ni nada: se llama así, o al menos se la llama así) llega desde el pasillo. No está a gran volumen, pero molesta. Molesta en sí misma.
Pero no pienso dejar que nada me distraiga. Voy a contar, entonces, que el tipo escribe. Se esfuerza por hacerlo pese a la música melódica, a las muchas horas laborales que ya tuvo el día, al sueño que le quema la cara, a distintas cosas, algunos pensamientos grandes, que lo sobrevuelan.
Siente la cabeza como un globo o, mejor, como una pelota de cuero vieja y reseca a la que alguien ha inflado demasiado y en cuya superficie, ahora, sus ojos tratan de abrirse paso. Los párpados pesan como hormigón armado. Y son igual de inútiles.
El tipo tuvo alguna vez muchas expectativas, esperanza, etcétera; la vida le quitó casi todo eso, pero quedó una suerte de residuo, algo parecido a la confianza, a la seguridad. Me explico: nunca fue muy seguro de sí, y sin duda tampoco lo es ahora, pero cree, le parece, puede conc…