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Día 31

La música melódica (no es una opinión personal ni nada: se llama así, o al menos se la llama así) llega desde el pasillo. No está a gran volumen, pero molesta. Molesta en sí misma.
Pero no pienso dejar que nada me distraiga. Voy a contar, entonces, que el tipo escribe. Se esfuerza por hacerlo pese a la música melódica, a las muchas horas laborales que ya tuvo el día, al sueño que le quema la cara, a distintas cosas, algunos pensamientos grandes, que lo sobrevuelan.
Siente la cabeza como un globo o, mejor, como una pelota de cuero vieja y reseca a la que alguien ha inflado demasiado y en cuya superficie, ahora, sus ojos tratan de abrirse paso. Los párpados pesan como hormigón armado. Y son igual de inútiles.
El tipo tuvo alguna vez muchas expectativas, esperanza, etcétera; la vida le quitó casi todo eso, pero quedó una suerte de residuo, algo parecido a la confianza, a la seguridad. Me explico: nunca fue muy seguro de sí, y sin duda tampoco lo es ahora, pero cree, le parece, puede concluir, que las cosas se han alineado de tal modo que todo está en sus manos. O todo lo que importa, al menos, porque aprendió a no complicarse, a no patalear, a no pretender cambiar lo que no está a su alcance. Se dio cuenta, se da cuenta ahora, de que con lo que está a su alcance es suficiente. Con eso tiene bastante.
Se larga, entonces, a escribir sin plan. Es lo que hizo prácticamente toda su vida, pero en este momento, entre el cuero y el hormigón, es más consciente de eso. Más consciente que nunca.
"Más consciente que nunca", relee, y sonríe. Le gustan mucho las frases terminantes, definitivas. Aunque no sean ciertas, como en este caso. De hecho, le gustan sobre todo cuando no son ciertas.
Esto va sin corrección ni simple relectura. El tipo soy yo. Veremos si lo sigo siendo mañana.

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Día 24

Hace ya varios días que tengo ganas de escribir.
Leyendo a cierto escritor —cuyo nombre no mencionaré para no ser tomado por soberbio—, sentí que yo podría redactar algo mejor. Pero no lo hice.
Paseando por blogs de amigos y conocidos que nunca pararon, extrañé aquellos tiempos en los que me sentía parte de algo, de una especie de "comunidad" en la que nos reconocíamos por la manera en que plantábamos las palabras en la pantalla, en la hoja de papel imaginaria, y más o menos nos admirábamos por eso. Y quise retomar ese camino. Pero no me sale.
Como siempre, la primera opción es esta. Tirar algo acá, en este blog remoto, y ver si germina. Ojalá que sí.

Día 21

En algún punto, es natural. Es decir, si me paso el fin de semana entero (y algunos de los días previos) trabajando en este mismo proyecto, escudriñando textos en portugués y corrigiendo la grosera tarea de diseñadores desganados; si la madrugada me encuentra sentado en esta silla, ante este monitor, junto a una exánime taza con restos de café; si me despierto calculando cuántos módulos debería corregir para no atrasarme (o para estar tranquilo o para impresionar a mis jefes o para destruir a mis compañeros abocados a lo mismo, según mis ánimos matinales); si he rescatado al cronómetro que tanto hizo por mí el año pasado; en fin, si todo es así, ¿cómo no voy a estar disperso? Acá estoy, entonces. Tomándome un recreo de mí mismo. Con ganas de cantar a los gritos, de bailar sin que nadie me vea, de saltar en la cama, de leer historietas. Hola, Juan. ¡Qué bueno verte! ¡Qué gusto, che! ¿En qué andás? ¿Qué te trae por acá? ¿Cómo? Pibe, ¡andá a trabajar! Sos corrector, viejo, cómo le das tanta…

Día 15

Anoche hice otra suplencia en el diario.
Nuevamente me tocó cubrir a Sebas; una vez más me sumergí, entre humo y café, en esa redacción que tanto me gusta. Porque el diario tiene algo que no se puede hallar en mi aséptico trabajo de todos los días, tiene mística, tiene vida, respira y late y hay que negociar con él. No se puede corregir nada así sin más; hay que ponerse de acuerdo antes. Cada artículo tiene razón de ser; cada volanta, copete o epígrafe, lo mismo. La realidad muerde y, en esa carrera vertiginosa contra el tiempo, me siento valiente tratando de domar un texto salvaje, duro, incómodo e inmediato, y constantemente pienso en Roberto Arlt en la redacción de El Mundo y lo siento un poco compañero mío.
Pero no quisiera irme sin dejar constancia de mi mayor triunfo de anoche (a fin de cuentas, la razón por la que abrí esta ventanita y empecé a escribir):
Según contó su esposa, Sandra Cozzo, a los periodistas en la puerta del sanatorio Fleni de Belgrano, Rivas "mueve los músc…