Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de 2008

Día 23

Estaba de lo más contento, sentado en la mesa del comedor ante la ventana abierta, con el café negro y amargo enfriándose al alcance de mi mano izquierda, Carola afilándose las uñas en el respaldo de la silla y frotándose en mis piernas desnudas, Coltrane y McCoy Tyner haciéndome mover los pies sin darme cuenta y un libro de antropología nuevecito para trabajar en él (El nacimiento de los “intelectuales”. 1880-1900, de Christophe Charle; ¡pídalo en su librería amiga en cuanto entregue las galeras corregidas!).
La editorial que me encargó el trabajo es la única —de aquellas con las que tengo relación, desde ya— que me posibilita trabajar directamente sobre el papel y dejar salir de mi birome roja los arcaicos signos de corrección que aprendí alguna vez en la facultad y que nunca uso (mi preferido, claro, es el deleatur). Eso, sumado a lo que detallé más arriba, me causaba mucho placer.
El capítulo 1 empezaba con la siguiente cita de mi amigo personal Gustave Flaubert (de una carta fechad…

Día 22

Corrijo día y noche. Duermo 6 horas, 5, 4. Trabajo en continuado sobre los temas más diversos, desde la sociología de Karl Mannheim hasta la Isla de Pascua. Casi simultáneamente, marco errores con birome roja sobre el papel y con estas teclas sobre el documento de Word; a la vez, reporto issues en el Mantis.A. se fue de viaje y la casa toda es mi gabinete de corrección, mi camarote silencioso, mi lomo de elefante, mi fortaleza de la soledad.
Corrijo febril y fervorosamente. Soy implacable. Soy incansable. Soy el Kerouac de los correctores.

Día 21

En algún punto, es natural. Es decir, si me paso el fin de semana entero (y algunos de los días previos) trabajando en este mismo proyecto, escudriñando textos en portugués y corrigiendo la grosera tarea de diseñadores desganados; si la madrugada me encuentra sentado en esta silla, ante este monitor, junto a una exánime taza con restos de café; si me despierto calculando cuántos módulos debería corregir para no atrasarme (o para estar tranquilo o para impresionar a mis jefes o para destruir a mis compañeros abocados a lo mismo, según mis ánimos matinales); si he rescatado al cronómetro que tanto hizo por mí el año pasado; en fin, si todo es así, ¿cómo no voy a estar disperso? Acá estoy, entonces. Tomándome un recreo de mí mismo. Con ganas de cantar a los gritos, de bailar sin que nadie me vea, de saltar en la cama, de leer historietas. Hola, Juan. ¡Qué bueno verte! ¡Qué gusto, che! ¿En qué andás? ¿Qué te trae por acá? ¿Cómo? Pibe, ¡andá a trabajar! Sos corrector, viejo, cómo le das tanta…

Día 20

Estuve encallado lejos de acá.
Apenas dejé caer, como al descuido, algunos textos en mis otros blogs, y todos versaban sobre mis problemas para escribir, como este o este otro.
Hoy, tras leer un mail muy lindo de An, decidí ponerme las pilas con eso. (O intentarlo, al menos.) Lo hice, aunque no sé todavía si fue productivo o no: escribí (en la piel del Usuario Anónimo) esto en Fotos de Lily.
¿A qué viene todo esto? ¿Acaso este post es como uno de esos capítulos navideños de cualquier sitcom en el que, a puro flashback, te encajan un refrito?
No. Se trata poner un poco de orden, nada más.
Música de ascensores es el blog en el que "escribo sobre escribir". Pues bien, dado que todo lo que publiqué últimamente en otros lados se refería a eso, me pareció mejor hacer un post mencionándolo que volver a desarrollar lo mismo otra vez. Eso sí hubiera sido un refrito.

Día 19

Iba a escribir grandes líneas hoy. Pero estoy escuchando música. Tomo la guitarra y el mundo se detiene. Por suerte.

Día 18

Llegué de mi sesión de terapia más apaleado que de costumbre. Alcancé a dejar el morral sobre una silla y saludé en voz alta a los gatos, que estos días de calor se dejan ver poco pero sé que están. Tenía ganas de tocar la guitarra, de componer, de agarrar el piano, de hacer algo que me hiciera sentir especial por unos instantes; tenía ganas de ponerme en contacto con mi lado brillante. Entonces vi que titilaba la lucecita roja del contestador y, mientras mi dedo pulsaba el botón para escuchar el mensaje nuevo, yo pensé en la voz de Horacio, llamándome desde la oficina para decirme que las últimas correcciones que subí esta tarde al FTP no se podían abrir, que estaban mal, o que estaban bien pero me mandaba más y estas sí eran urgentesparayamismo, o... No sé qué más llegué a pensar. La voz de una chica (rubia, lo puedo asegurar) dio por tierra con todo: me llamaba para concertar una entrevista laboral... para Infobae. No sé qué sentir. Mañana llamaré, pero hoy me siento en condicione…

Día 17

El vecino está tocando el piano. Y lo hace bastante bien, además. Quisiera poder imitarlo y es por eso que me pongo a escribir. Usamos teclados diferentes pero hacemos lo mismo, mis dedos sobre teclas cuadradas de plástico negro con letritas blancas; los suyos, sobre teclas oblongas, de marfil, mayormente blancas, acompañadas por algunas negras cada tanto.
Él habrá llegado de su trabajo (ignoro a qué se dedica) y estará dejándose lavar por la música; yo, sin llegar de ningún lado (oh, placentero infierno de trabajar en casa), quisiera ponerme a escribir algo sustancioso, algo que me llenase. Y no me sale.
Él toca "My Way". Yo no logro despegar. Y no es que "My Way" me parezca inalcanzable, no. Pero me parece que dejaré todo esto y saldré a sacar la basura. Va a ser mejor, sí.