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Entradas

Día 27

Nada cambia. Pasó un año desde la última vez que anduve por acá. Ahora encuentro polvo sobre los muebles y cartas amontonadas ante la puerta, toco las hojas marrones y resecas de la planta muerta en la maceta con la tierra cuarteada y dura como cemento, miro el exterior a través de un vidrio sucio. Ahora tengo treinta años y sigo sin poder escribir. Nada cambia.

Día 26

Lo que siento es raro. Tras haber publicado un texto de calidad aceptable en el Jardín , creo que todo puede resurgir. La angustia que siento, esta nueva angustia, puede ser la clave. Tendré que estar atento.

Día 25

Tengo poco trabajo últimamente. Todos mis clientes parecen haberse ido a dormir la siesta y, mientras espero que se despierten y me hagan una devolución de la corrección de los dos primeros capítulos de ese libro o me envíen la línea de tiempo prometida hace tanto ídem, revoleo currículums a diestra y siniestra. A raíz de mi buena experiencia con la agencia editorial española, se me ocurrió golpear las puertas del Viejo Continente (además, tengo la doble nacionalidad y manejo el español de la Península al dedillo). Pues bien: las respuestas, hasta ahora, no han sido malas. Imagino que nadie habrá tenido que enjugar una lágrima emocionada ante mi correo, pero no me fue mal. Sin embargo, ninguna respuesta me gustó tanto como esta: ----- Original Message -----  From: [xxx]  To: [xxx]  Sent: Wednesday, June 17, 2009 5:58 PM Subject: Re: At. Sr. Director. Ofrecido: corrector. Distinguido Juan: Mucho nos place haber recibido su hoja de vida... Lo felicito, es excelente. Pero nosotros no somo...

Día 24

Hace ya varios días que tengo ganas de escribir. Leyendo a cierto escritor —cuyo nombre no mencionaré para no ser tomado por soberbio—, sentí que yo podría redactar algo mejor. Pero no lo hice. Paseando por blogs de amigos y conocidos que nunca pararon, extrañé aquellos tiempos en los que me sentía parte de algo, de una especie de "comunidad" en la que nos reconocíamos por la manera en que plantábamos las palabras en la pantalla, en la hoja de papel imaginaria, y más o menos nos admirábamos por eso. Y quise retomar ese camino. Pero no me sale. Como siempre, la primera opción es esta. Tirar algo acá, en este blog remoto, y ver si germina. Ojalá que sí.

Día 23

Estaba de lo más contento, sentado en la mesa del comedor ante la ventana abierta, con el café negro y amargo enfriándose al alcance de mi mano izquierda, Carola afilándose las uñas en el respaldo de la silla y frotándose en mis piernas desnudas, Coltrane y McCoy Tyner haciéndome mover los pies sin darme cuenta y un libro de antropología nuevecito para trabajar en él ( El nacimiento de los “intelectuales”. 1880-1900 , de Christophe Charle; ¡pídalo en su librería amiga en cuanto entregue las galeras corregidas!). La editorial que me encargó el trabajo es la única —de aquellas con las que tengo relación, desde ya— que me posibilita trabajar directamente sobre el papel y dejar salir de mi birome roja los arcaicos signos de corrección que aprendí alguna vez en la facultad y que nunca uso (mi preferido, claro, es el deleatur). Eso, sumado a lo que detallé más arriba, me causaba mucho placer. El capítulo 1 empezaba con la siguiente cita de mi amigo personal Gustave Flaubert (de una carta fec...

Día 22

Corrijo día y noche. Duermo 6 horas, 5, 4. Trabajo en continuado sobre los temas más diversos, desde la sociología de Karl Mannheim hasta la Isla de Pascua. Casi simultáneamente, marco errores con birome roja sobre el papel y con estas teclas sobre el documento de Word; a la vez, reporto issues en el Mantis. A. se fue de viaje y la casa toda es mi gabinete de corrección, mi camarote silencioso, mi lomo de elefante, mi fortaleza de la soledad. Corrijo febril y fervorosamente. Soy implacable. Soy incansable. Soy el Kerouac de los correctores.

Día 21

En algún punto, es natural. Es decir, si me paso el fin de semana entero (y algunos de los días previos) trabajando en este mismo proyecto, escudriñando textos en portugués y corrigiendo la grosera tarea de diseñadores desganados; si la madrugada me encuentra sentado en esta silla, ante este monitor, junto a una exánime taza con restos de café; si me despierto calculando cuántos módulos debería corregir para no atrasarme (o para estar tranquilo o para impresionar a mis jefes o para destruir a mis compañeros abocados a lo mismo, según mis ánimos matinales); si he rescatado al cronómetro que tanto hizo por mí el año pasado; en fin, si todo es así, ¿cómo no voy a estar disperso? Acá estoy, entonces. Tomándome un recreo de mí mismo. Con ganas de cantar a los gritos, de bailar sin que nadie me vea, de saltar en la cama, de leer historietas. Hola, Juan. ¡Qué bueno verte! ¡Qué gusto, che! ¿En qué andás? ¿Qué te trae por acá? ¿Cómo? Pibe, ¡andá a trabajar! Sos corrector, viejo, cómo le das tan...

Día 20

Estuve encallado lejos de acá. Apenas dejé caer, como al descuido, algunos textos en mis otros blogs, y todos versaban sobre mis problemas para escribir, como este o este otro . Hoy, tras leer un mail muy lindo de An, decidí ponerme las pilas con eso. (O intentarlo, al menos.) Lo hice, aunque no sé todavía si fue productivo o no: escribí (en la piel del Usuario Anónimo) esto en Fotos de Lily . ¿A qué viene todo esto? ¿Acaso este post es como uno de esos capítulos navideños de cualquier sitcom en el que, a puro flashback , te encajan un refrito? No. Se trata poner un poco de orden, nada más. Música de ascensores es el blog en el que "escribo sobre escribir". Pues bien, dado que todo lo que publiqué últimamente en otros lados se refería a eso, me pareció mejor hacer un post mencionándolo que volver a desarrollar lo mismo otra vez. Eso sí hubiera sido un refrito.

Día 19

Iba a escribir grandes líneas hoy. Pero estoy escuchando música. Tomo la guitarra y el mundo se detiene. Por suerte.

Día 18

Llegué de mi sesión de terapia más apaleado que de costumbre. Alcancé a dejar el morral sobre una silla y saludé en voz alta a los gatos, que estos días de calor se dejan ver poco pero sé que están. Tenía ganas de tocar la guitarra, de componer, de agarrar el piano, de hacer algo que me hiciera sentir especial por unos instantes; tenía ganas de ponerme en contacto con mi lado brillante. Entonces vi que titilaba la lucecita roja del contestador y, mientras mi dedo pulsaba el botón para escuchar el mensaje nuevo, yo pensé en la voz de Horacio, llamándome desde la oficina para decirme que las últimas correcciones que subí esta tarde al FTP no se podían abrir, que estaban mal, o que estaban bien pero me mandaba más y estas sí eran urgentesparayamismo, o... No sé qué más llegué a pensar. La voz de una chica (rubia, lo puedo asegurar) dio por tierra con todo: me llamaba para concertar una entrevista laboral... para Infobae. No sé qué sentir. Mañana llamaré, pero hoy me siento en condiciones...

Día 17

El vecino está tocando el piano. Y lo hace bastante bien, además. Quisiera poder imitarlo y es por eso que me pongo a escribir. Usamos teclados diferentes pero hacemos lo mismo, mis dedos sobre teclas cuadradas de plástico negro con letritas blancas; los suyos, sobre teclas oblongas, de marfil, mayormente blancas, acompañadas por algunas negras cada tanto. Él habrá llegado de su trabajo (ignoro a qué se dedica) y estará dejándose lavar por la música; yo, sin llegar de ningún lado (oh, placentero infierno de trabajar en casa), quisiera ponerme a escribir algo sustancioso, algo que me llenase. Y no me sale. Él toca "My Way". Yo no logro despegar. Y no es que "My Way" me parezca inalcanzable, no. Pero me parece que dejaré todo esto y saldré a sacar la basura. Va a ser mejor, sí.

Día 16

Harto de corregir y hastiado de ser perseguido por las agujas del reloj, puse pausa y me fui a pasear por blogs amigos. Amén de descubrir que G. tiene uno nuevo, con un montón de participantes (entre los cuales no estoy, claro) y de notar que sale mucho con gente, y va a comer a casas de amigos (otros amigos) y cosas así, también leí un post muy lindo, muy de 7 de la tarde de un día blanco, en el que, abrigada, arropaba su delirio con palabras. Y la envidié un poco, como casi siempre. Y me gustó. Y decidí que intentaría aplicar ese mismo método a este día marrón, apurado, exigido, agrietado. Entre tantas cosas que "uh, después arreglo", entre tantos platos de anoche sin lavar y la alfombra llena de pelos, entre la tarde que se me viene encima y trae el peso de todo diciembre, entre toda la gente que está esperando cosas de mí, entre todo eso hallaré la materia prima de este texto. Un texto díscolo, que corcovea y no se deja dirigir; un texto chúcaro y cimarrón; en fin, u...

Día 15

Anoche hice otra suplencia en el diario. Nuevamente me tocó cubrir a Sebas; una vez más me sumergí, entre humo y café, en esa redacción que tanto me gusta. Porque el diario tiene algo que no se puede hallar en mi aséptico trabajo de todos los días, tiene mística, tiene vida, respira y late y hay que negociar con él. No se puede corregir nada así sin más; hay que ponerse de acuerdo antes. Cada artículo tiene razón de ser; cada volanta, copete o epígrafe, lo mismo. La realidad muerde y, en esa carrera vertiginosa contra el tiempo, me siento valiente tratando de domar un texto salvaje, duro, incómodo e inmediato, y constantemente pienso en Roberto Arlt en la redacción de El Mundo y lo siento un poco compañero mío. Pero no quisiera irme sin dejar constancia de mi mayor triunfo de anoche (a fin de cuentas, la razón por la que abrí esta ventanita y empecé a escribir): Según contó su esposa, Sandra Cozzo, a los periodistas en la puerta del sanatorio Fleni de Belgrano, Rivas "mueve los m...

Día 14

No sé qué puede depararme el futuro pero intuyo, tras la reveladora charla de anoche con José y la mañana fatídica que viví hoy con An, que puede ponerse bueno (literariamente hablando). Las letras van a salvarme una vez más. O no, pero moriremos, ellas y yo, intentándolo.

Día 12

Estoy en la oficina. Hay trabajo por hacer pero no es tanto y, siendo rondado por un indescriptible malestar, me quedo paralizado. O no, pero casi. Me preocupa que aún no hayamos solucionado el tema de mi continuidad laboral. No es grave y sé que llegaremos a un acuerdo pero, mientras tanto, eso contamina algo que nunca debió haberse manchado. Y repercute en mi productividad, en la cantidad de palabras leídas por minuto, en mi relación con las letras en general y en la eterna pelea entre mi concentración y mis ganas de irme a dar vueltas por el microcentro lluvioso. Sin ningún sentido, además. Pero acaba de llamarme al celular la mamá de mi novia. Quería preguntarme qué tipo de letra es la bastardilla y, al pensar en mí para evacuar esa duda, me dio unos minutos más de entereza. El corrector resiste.

Día 11

Once días, ya; once días y ningún párrafo rescatable. Supongo que este proyecto va a funcionar en algún momento. Tiene que funcionar: es mi última esperanza. O no, no sé si la última, pero sí la única. Por ahora, al menos. Pero me siento tan poco escritor últimamente. Sé que tengo la capacidad de escribir y soy consciente de que lo hago más o menos bien, con buen gusto y, cada tanto, algún hallazgo, algún momento brillante. Las palabras me divierten, me llevo bien con ellas y me gusta jugar a enhebrarlas como un artesano. El problema es otro. Creo que el corrector está ganándole al escritor. Espero que sea algo momentáneo, pero la verdad es que no puedo evitar la mirada crítica, no puedo sortear ese don espantoso que me obliga a ver los defectos en cada cosa escrita. (Anoche, sin ir más lejos, me indigné leyendo una caja de filtros Melitta.) Y no estoy seguro, pero se me ocurre que eso debe cargarme de miedo, de muerte (son la misma cosa), de respeto por las palabras, de rigidez. Ahor...

Día 10

Es imposible. Me acuerdo de Los Imposibles, es imposible, yo soy imposible, todo es imposible. Pucha que soy duro. No hay manera de plantearme algo y llevarlo a cabo, no puedo esperar nada de mí. Mi deseo más largo duró 2 minutos, mi fuerza de voluntad apenas sobrepasa los 20 gramos, no puedo escribir ni aun queriendo hacerlo (sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando). No soy un escritor respetable, ni responsable, ni siquiera tolerable. No soy decente ni respetuoso ni tenaz. ¿Cómo se puede no ser nada?

Día 9

No me importa ser repetitivo: en mi cabeza hay apenas dos o tres conceptos, matándose por un poco de atención. Tampoco me importa clarificarlos. Ni escribirlos. Algo de lo que estoy seguro es que mi trabajo actual es el mejor del mundo. Es lo que siempre quise hacer y, tras una caterva de ocupaciones infames, un periodo dilatadísimo en la fábrica y el atisbo del diario, me enorgullece haberlo obtenido. Y tengo la secreta convicción de que soy bueno en lo que hago, que lo haré durante mucho tiempo y me llenaré de reconocimiento, prestigio, seguridad y dinero. Hoy, por lo menos, estoy seguro de eso. El problema del corrector es que debe ser infalible. Los textos pueden haber sido redactados por un manatí y entregados en cualquier orden; las traductoras, ostentar un notorio desconocimiento del idioma español sumado a la carencia absoluta de criterio y los diseñadores, oh, ellos: son incapaces de resolver nada (y está prohibido tocar las cajas de texto, porque son su obra magna y, como tal...