Siento la tentación de transcribir acá el diario de los tres días en que la vida —como la conocemos— se detuvo. Me da ganas de verlo «en letras de molde», de obviar las tachaduras, de cambiar algún punto, de suprimir una coma. Pero también sé que, si hago eso, probablemente empiece a perderlo. El registro de esos días es como es; es en ese cuaderno ajado, con errores y enmiendas y con una letra espantosa (porque mi letra jamás fue muy linda, en principio, pero, sobre todo, porque estaba cansado, trastornado, asustado, hastiado, angustiado y la lista sigue). Es como es, entonces. Y como espero que nunca más sea.
Escribí un par de pavadas en Jardín de instantes . Después de ¡once! años. La noticia no es que hayan sido textos sobresalientes ( spoiler : no lo son); lo sobresaliente es la sensación que los acompañó, lo que llegó con su escritura, algo parecido a la certeza de que ese espacio —y este, por tanto— son míos, a que puedo ir allá o venir acá a retozar con las palabras cuando la rigidez de mi trabajo (con otras palabras) lo haga recomendable, cuando la falta de fe se quiera imponer, cuando los sentimientos negativos copen la parada. Todavía soy este, o puedo serlo también, y no tengo por qué rendirme.
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