No sé qué puede depararme el futuro pero intuyo, tras la reveladora charla de anoche con José y la mañana fatídica que viví hoy con An, que puede ponerse bueno (literariamente hablando). Las letras van a salvarme una vez más. O no, pero moriremos, ellas y yo, intentándolo.
Escribí un par de pavadas en Jardín de instantes . Después de ¡once! años. La noticia no es que hayan sido textos sobresalientes ( spoiler : no lo son); lo sobresaliente es la sensación que los acompañó, lo que llegó con su escritura, algo parecido a la certeza de que ese espacio —y este, por tanto— son míos, a que puedo ir allá o venir acá a retozar con las palabras cuando la rigidez de mi trabajo (con otras palabras) lo haga recomendable, cuando la falta de fe se quiera imponer, cuando los sentimientos negativos copen la parada. Todavía soy este, o puedo serlo también, y no tengo por qué rendirme.
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